Viendo cómo se sucedieron los acontecimientos en Nochevieja, este año he decidido que me voy a guardar mis (des)propósitos para mí.
Por partes: Nochevieja no estuvo mal, pero podía haber estado mejor. Empezando por la cena. Sucedió algo que ocurre poquérrimas veces cuando yo me encargo de organizar una cena: No salió perfecta.
Para empezar porque no pude cocinar lo que había pensado para plato fuerte. Iba a repetir el lomo a la mostaza dulce que hice en Nochebuena, sólo que el día treinta y uno, cuando saqué el lomo del frigorífico después de treinta y seis horas descongelándose, me di cuenta de que no había sacado el lomo, sino unas doradas que tenía congeladas. Y no había tiempo de descongelarlo, claro. Así que tuve que improvisar sobre la marcha y hacer las lubinas, pero no me gusta nada de nada que me pasen esas cosas.
Luego las uvas. Como yo curré ese día, le encargué a Shok que comprase las uvas, y como estuvo remoloneando y fue a comprarlas a las mil, lo único que pudo traer fueron unas uvas tintas que parecían mandarinas, y de las que en las campanadas, me pude comer cuatro solamente, y casi atragantado además.
Y luego salimos. Y en los sitios te clavaban una media de un sesenta y cinco por ciento más por entrar. Así que haciendo cuentas a grosso modo, descubrí que me había salido cada copa a diecisiete euros. No está mal.
Y para un día (noche) que me decido a volver a una hora comillas decente comillas, me fue imposible. Taxis no había, y no estaba muy en el mood yo de pelearme con ningun grupo de mujeres que poblaban las aceras de Gran Vía (No las putas, ojo), y que blandían los tacones de aguja en la mano, imagino que un cincuenta por ciento porque tenían los pies megadoloridos (y a partir de ese momento, megacongelados), y el otro cincuenta por ciento para disuadir a cualquiera que intentara acercarse a las escasas luces verdes que de vez en cuando emergían y hacia las cuales la muchedumbre corría enfervorecida.
Intenté coger el metro. MEEEEEEEEECK! Error. Ese día, que supuestamente es cuando más servicio debía tener, ya que la gente sale más, bebe más y en teoría coge menos el coche, es el día que más tarde abre. Así que después de llevar cuarenta y cinco minutos andando, intentando coger taxis, metros, y demás, decidí optar por el autobús. Lo que implicó estar otros cuarenta y cinco en la parada del cuarenta y cinco, y ahí ya fue el novamás. Mis pies y piernas adquirieron un tono azulado del que cuando por fin encuentras una fuente de calor decente, hace que te piquen todo como si te hubieran raspado con una lija y te hubiesen espolvoreado pimienta.
Y por fin llegué a casa. Cansado. Muerto de frío. Habiendo perdido una hora y treinta minutos para un trayecto en el que en taxi se invierten diez o quince, máximo.
Así que este año, he decidido planear un poco menos las cosas, darme más a la improvisación y decir mis (des)propósitos una vez los haya cumplido. Así quedaré genial, claro, porque si me propongo dejar de fumar, lo consigo, y lo cuento, pues bien. Pero si me propongo dejar de comprar cosas compulsivamente y a treinta y uno de diciembre de dos mil ocho sigo siendo un manirroto, pues nadie se habrá enterado.
Y todos tan contentos.